Publicado originalmente: 01-05-2007

En el 204 aniversario del natalicio del Gran Mariscal.

“La vida de Castilla se confunde con las luchas de nuestra independencia
y con los avatares de nuestra vida republicana”.
Víctor Andrés Belaúnde (En: “Peruanidad”)

Reflexiones sobre la República

Tratar del nacimiento del Perú libre, implica abordar un tema recurrente: La independencia declarada formalmente el 28 de Julio de 1821, sus antecedentes, los hechos mismos, así como los que se produjeron después, hasta la instalación del primer gobierno de Ramón Castilla.

El Perú, históricamente, a partir de la guerra de la independencia, logra unidad en su territorio y en su organización como Estado, aun cuando no consolide una Nación. El historiador Jorge Basadre sostuvo que, en nuestro caso, el Estado creó la Nación Peruana. Este hecho habría generado consecuencias en nada favorables al logro de la promesa y la posibilidad que se abrieron como esperanza al fundarse la República.

En la época en que se desarrollaron las culturas antiguas del Perú, no se había logrado una unidad nacional, tampoco sucedió durante la época de la Colonia. El Imperio de los Incas, que fue el intento más cercano, sufrió dos ataques que acabaron con su propósito, primero la lucha interna a la muerte de Huayna Capac y después la Conquista por Pizarro y sus huestes.

Por tal razón, cuando los peruanos, al igual que había sucedido con otros pueblos americanos, se encontraron en la circunstancia de vivir una etapa en que la lucha por la independencia ofrecía la posibilidad de un triunfo, nuestros pueblos encontraron, también, la limitación que resultaba de la inexistencia de una sola Nación. Los habitantes, que integraban la aristocracia virreinal, los funcionarios, los mestizos, la clase media y los esclavos, ubicados en Lima y otros lugares de la Costa, llevaban vida de nación distinta y distante de la población aborigen, situada principalmente en la Sierra y ni qué decir de las poblaciones de la Amazonía. Sin embargo, todos ellos quedaron comprendidos dentro de la Nación que, formalmente, daba el sustento al Estado peruano.

De allí que al redactarse el artículo tercero de las Bases de la Constitución Política, aprobadas por el Congreso convocado por San Martín e instalado el 20 de Septiembre de 1822, y determinarse que: “La Nación se denominará República Peruana”, realmente se hacía referencia a lo que se aspiraba, más que a una realidad. Sin embargo, con dichas Bases quedó resuelta, definitivamente, la polémica suscitada respecto a la organización del Estado y el tipo de gobierno republicano para el Perú; desechándose la posibilidad de instaurar una monarquía constitucional.

Desde ese momento, las provincias del Perú, es decir sus habitantes, como estima la historiadora Margarita Guerra, quedaban reunidas en un solo cuerpo y el marco legal determinaba que tal hecho constituía la Nación Peruana, que su gobierno sería popular representativo y se estableció, asimismo, que las funciones del poder nacional estarían encomendadas a lo que comúnmente se llamaba los tres Poderes: Legislativo, Ejecutivo y Judicial; los que debían deslindarse para que sus funciones resultaran independientes, unas de otras y obedecieran al principio de protección de las libertades ciudadanas, poniendo énfasis en que, la soberanía reside, incuestionablemente, en la Nación; concepto claro y terminante que ningún funcionario del Estado debe olvidar por muy alta que sea su jerarquía.

Historiadores, pensadores, científicos sociales, políticos, ideólogos y otros intelectuales, que han analizado la fundación de las Repúblicas en la América Hispana, han coincidido en señalar que:
“La falta de entrenamiento y de hábito en el gobierno propio, el desborde natural después de una sujeción de siglos, la ignorancia que sobre los principios de la ciudadanía tenían las grandes masas, la avidez de poder en muchos militares y políticos (de aquella época) y una serie de factores análogos, contribuyeron a que las Constituciones que se dieron en el Perú, guiadas por los principios de las Bases de 1822, se aplicaran sólo parcial o eventualmente,” como ha dicho Jorge Basadre en “Perú: Problema y Posibilidad”. (2ª Ed., 1978)

Ya Bolívar, en su célebre Carta de Jamaica, del año 1815, había escrito:
“Jamás éramos virreyes, ni gobernadores, sino por causas muy extraordinarias; arzobispos y obispos pocas veces; diplomáticos nunca; militares sólo en calidad de subalternos; nobles, sin privilegios reales; no éramos en fin, ni magistrados ni financistas, y casi ni aun comerciantes: todo en contravención directa de nuestras instituciones . . . de cuanto he referido, agrega Bolívar, será fácil colegir que la América no estaba preparaba para desprenderse de la metrópoli . . . los americanos han subido de repente y sin los conocimientos previos . . . sin la práctica de los negocios públicos, a representar en la escena del mundo las eminentes dignidades de legisladores, magistrados, administradores del erario, diplomáticos, generales, y cuantas autoridades supremas y subalternas forman la jerarquía de un Estado organizado con regularidad”. (Simón Bolívar, Obras Completas, Editorial Lex, La Habana, 1947)
Diremos, pues, que si bien existió conciencia clara y decisión suficiente para lograr la Independencia, aun mediante la guerra, en cambio resultó en los hechos y, lo remarcan estudiosos de nuestros días, que no había llegado la madurez, necesaria y requerida, para establecer Repúblicas adecuadamente organizadas, que pudieran alcanzar sus fines; que no fueran sólo viables, sino también, como se decía en la época, alcanzaran su progreso, que ahora denominamos desarrollo. Esto es, que se lograra lo que el historiador Basadre llamó: La Promesa de la República.
Por otro lado, sucedió que si bien el férreo dominio del poder español, había impedido las experiencias necesarias para un gobierno libre, no pudo, en cambio, evitar que las ideas y ansias de Libertad, se tradujeran en una cultura que nos llevó a la lucha por la Independencia. Hubo cierta permisibilidad al dejar pasar a Hispanoamérica, especialmente, literatura francesa que junto a las ideas provenientes de los revolucionarios norteamericanos, sustentaban la plena libertad del Hombre y la defensa de su derechos.
No obstante las limitaciones señaladas y superando la confrontación entre conservadores, que propiciaban una monarquía constitucional y liberales que auspiciaban un gobierno representativo, del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, se fundó la República.
Pero, la República, desde su nacimiento tuvo que afrontar serias dificultades, como lo ha señalado Alberto Flores Galindo en LA TRADICION AUTORITARIA, un ensayo escrito en 1986 y publicado recién en Agosto del 1999:
“En 1821 fue posible encontrar individuos que se entusiasmaron (por la idea de la República) pero no fuerzas sociales – grupos, partidos o instituciones – en condiciones de llevarla a cabo. El vacío dejado por la aristocracia colonial (que sí tenía experiencia de gobierno). . . no fue cubierto por ninguna otra clase social; por lo que, de manera casi inevitable, el control de los aparatos estatales fue a dar, sin que necesitaran buscarlo, al Ejército. Los militares ofrecieron conservar las formas republicanas e instaurar el orden. Pero no es fácil amalgamar autoritarismo y democracia. Tampoco fue posible que los caudillos militares consiguieran una estabilidad política como la que estableció el estadista civil Diego Portales en Chile”.
“En tal situación, en el Perú, fue el caudillo republicano la única fuerza capaz de trascender los conflictos inmediatos e integrar el cuerpo social . . . ese caudillo republicano, dice Flores Galindo, fue el resultado del encuentro entre una biografía y las necesidades del imaginario colectivo, de allí su popularidad”.
“En este panorama de los inicios de la República, resultó que al derrumbe del Estado Colonial siguieran años de anarquía hasta mediados del siglo XIX, en que se produce una recomposición de la clase alta peruana, años en que las exportaciones guaneras permitieron la conformación de rápidas fortunas familiares, el establecimiento de un rudimentario circuito financiero y el flujo de capitales del comercio a la agricultura de exportación a través del pago a los bonos de la deuda interna, la manumisión de esclavos o los préstamos del Banco Central Hipotecario. Todos estos cambios terminaron trasladando el eje de la economía nacional de la Sierra a la Costa. Desequilibrando el espacio en beneficio de Lima y los valles azucareros y algodoneros”, agrega Flores Galindo.
Que distinto pudo ser el derrotero de la nueva República si, en lugar de la anarquía, se hubiera producido una ordenada sucesión de gobiernos y el desarrollo de fuerzas políticas, económicas, sociales y culturales dando una tregua para que la política fuese menos política y más económica, más pendiente del aspecto social, científico, tecnológico, moral y cultural, en todas sus diversas manifestaciones. Pero la realidad fue otra.
“La interpretación de la Historia Republicana del Perú, ha dicho el historiador Basadre, no puede hacerse cabalmente si no se toman en cuenta las tensiones externas y las tensiones internas que la han caracterizado de modo pertinaz.” (En: “PERU: Problema y Posibilidad”)
Por eso, nuestra reflexión no puede dejar de considerar que Chile, otra joven República, como la nuestra, cuya independencia se logró contemporáneamente a la peruana, lograra liquidar la Guerra de la Independencia en plazo relativamente breve y vivir libre de todo problema de fronteras por muchos años, como también anota Basadre, agregando: “A solas, por su cuenta, libre de toda complicación internacional y de toda pesada carga de daño o destrucción en su territorio, logró aquel país orientar los problemas de la organización y la estructura interna, con su oligarquía dirigente intacta . . . esa oligarquía, con una orientación intelectual dada a través de muchos años por Andrés Bello, supo absorber a hombres provenientes de estratos sociales bajos (como Manuel Montt, Presidente de 1850 a 1860)”.
En cambio, el Perú, sucedió lo que Aristóteles describe en su obra “La Política”:
“Las leyes buenas no constituyen por sí solas un buen gobierno, y lo que importa, sobre todo es que estas leyes buenas sean observadas.” …. “No hay buen gobierno sino en donde en primer lugar se obedece la Ley, y la Ley a que se obedece está fundada en la razón; porque podría también prestarse obediencia a leyes irracionales” y agrega: “Cuando la mayoría gobierna en bien del interés general, se le llama República y en ella hay democracia cuando el pueblo es el soberano.”
Nuestras Constituciones Políticas, desde la primera de 1823, hasta la actual, se han sustentado en el principio aristotélico de la Ley fundada en la razón y en la forma de gobierno republicano. Pero las Constituciones, no siempre han sido acatadas ni menos cumplidas, como lo recomendaba Aristóteles, para la existencia de un buen gobierno.
La responsabilidad de la conducción de la vida pública del país no fue asumida, suficientemente, por aquellos a quienes les correspondía, y, los que lo hicieron, aun cuando decían tener fe ciega en la razón, menospreciaron por ejemplo el problema rural, se jactaban de ser protagonistas de un debate ideológico, pero se limitaban a copiar ideologías foráneas, como sucedió con los liberales que defendieron una sociedad laica pero organizaron sus propios cultos; de allí parte una marcada dependencia frente a pensadores del exterior, en contradicción con el forjamiento de una identidad nacional, que hubiera conducido a un destino diferente; por ello, no hubo la clara toma de posición de un país independiente con todos sus habitantes libres y hubo continuación de la esclavitud de los negros, falta de compromiso y de acción en una economía consecuente con el carácter de país libre, sucedió que, igual que en la Colonia, fue el sector mercantil el que tuvo pronta recuperación y fortalecimiento, convirtiéndose en los acreedores privilegiados en la etapa de la consolidación, como ha señalado Alfonso Quiroz en su libro “LA DEUDA DEFRAUDADA”. El grupo de hacendados y mineros, en cambio, no constituyó un sector políticamente poderoso, tampoco contribuyó al desarrollo de la economía peruana. Por otra parte, el Estado que, al iniciarse la Guerra de la Independencia, recurrió a prestamos externos y a diversas formas de endeudamiento interno, tuvo que afrontar el pago de esas deudas con un elevado porcentaje del producto de la venta del guano, restando de ese modo recursos que hubieran servido para obra pública.
La Independencia, que fue un hecho militar y no la consecuencia de una negociación, referéndum o conciliábulo, como sucedió en otros pueblos, se vio afectada por la no participación de todos los sectores sociales del país, sufrió además la ambivalencia de las capas populares, integrando unos el ejército realista y otros las huestes independientes: de allí que no se viera realmente encarnada la voluntad general. No debe olvidarse que, como consecuencia de la manera feroz como fue combatida la rebelión de Tupac Amaru, se crearon condiciones para la exclusión de los indígenas del proyecto independentista que finalmente triunfó, como lo ha señalado el historiador Nelson Manrique, citando a Alberto Flores Galindo en opiniones concordantes con las expuestas por Hugo Neyra en su obra “HACIA LA TERCERA MITAD”. Por otro lado, la revolución de la Independencia no se había hecho sólo contra España, sino contra las instituciones sociales, sobre las cuales recaía el mantenimiento de la decisión mediante el ejercicio de la autoridad. La destrucción de estas instituciones produjo un vacío entre el poder efectivo y la sociedad que, por si solo, explica perfectamente el largo fenómeno de inestabilidad social, la inevitable constitución de poderes efectivos y sin límites y la extrema dificultad de la construcción de los Estados nacionales en la América Hispánica, ha dicho el historiador Céspedes del Castillo, citado por Hugo Neyra en la obra referida.
El Congreso de 1822, al recibir el mando político y militar de manos del General San Martín, tenía ante sí un arduo porvenir, ha señalado el insigne historiador Raúl Porras Barrenechea.
Cuando el General Libertador, dirigiéndose a dicho Congreso expresó:
“Peruanos: Os dejo establecida la Representación Nacional, si depositáis en ella una entera confianza, cantad el triunfo, sino, la anarquía os va a devorar”.
No hizo otra cosa que adelantarse, a lo que, lamentablemente, iba a suceder. Sus palabras no sólo traducían el desprendimiento del Libertador, su actitud noble, sincera y clara, sino que estaban inspiradas en el conocimiento suficiente que tenía de las ambiciones de poder y la falta de experiencia de los hombres públicos del nuevo Estado.
Pero el fenómeno no sólo afectó al Perú y habría de inspirar, en la creación popular de la ciudad de Quito, versos que decían con relación a la Independencia:
“Último día del despotismo,
y primero de lo mismo.”
Así como una popular canción venezolana que reza:
“Negros no hubo en la pasión,
indio no se conocía,
mulatos no los había:
de blancos fue la función”.
Tal como lo ha anotado Miquel Izard, en su obra “AMÉRICA LATINA SIGLO XIX”.
Sin embargo, no todo sería incierto, la Independencia propició la fundación del Estado Peruano libre. Y explicando la unidad de la República con un Estado que, precisamente, no vivió bajo el signo del rendimiento eficaz, con tiempos crónicos de anarquía, falta de sistema administrativo permanente, con grupos humanos oscilantes que participaron en el gobierno, con tremendas divisiones geográficas y con muy fuertes matices sociales, el historiador Agustín de la Puente Candamo ha dicho:
“Creo que la única respuesta válida es la pervivencia de una idea, la pervivencia de un estilo mínimo común denominador que agrupa a los peruanos no obstante sus múltiples matrices y diversidad de modos y de conductas, he pensado y pienso cada vez con mayor convicción que la continuidad de la República, perennidad del Estado que fundara San Martín sobre la obra de nuestros conspiradores y precursores, reside en la existencia de un espíritu que triunfa sobre las deficiencias y sobre los errores de los hombres y que domina las dificultades geográficas y los problemas materiales y los múltiples defectos de nuestro comportamiento personal y colectivo”.
Ahora que gozamos los beneficios del acuerdo de paz con Ecuador y que esperamos sea definitivo con este vecino del norte, no sólo debe causarnos la tranquilidad natural subsiguiente, sino que este hecho nos invita a reflexionar sobre el enorme beneficio que hubiera producido obtenerla en la época inmediata a la fundación de la República y nos obliga a valorarla suficientemente, actuando con la responsabilidad necesaria, a fin de que la paz sea aprovechada como base firme para la obtención del ansiado desarrollo.
Sirvan las reflexiones, anteriores como preámbulo para abordar, seguidamente, la llegada del orden a la entonces joven República, con el primer gobierno de don Ramón Castilla.

Elogio al Libertador Ramón Castilla

Luego de la infausta batalla de Ingavi en la que muere el Presiente del Perú, Mariscal Agustín Gamarra, cae prisionero nuestro personaje, y logrará su libertad sólo a consecuencia del Tratado de Acora, (celebrado entre Ballivián y La Fuente) se abrirá una nueva etapa previas luchas internas que traerán días aciagos al país, y que van a derivar en la toma del Mando Supremo por el General Mariano Ignacio de Vivanco, con el inédito título, creado por el mismo, de SUPREMO DIRECTOR, pretendiendo, de esa manera insólita, dar la apariencia de no haber violado la Constitución. “Contra este Supremo Director surge el caudillismo más o menos bien intencionado, bajo la bandera de la legalidad, distinto de anteriores que llevaban en sus pliegues la de la ambición”, dice el padre Rubén Vargas Ugarte en su libro “RAMON CASTILLA”.
Entre esos nuevos caudillos, que invocan la defensa de la Constitución del Estado y el orden legal, destacan el Mariscal moqueguano don Domingo Nieto, llamado “El Quijote de la Ley”, y los Generales Mendiburu y Cisneros, quienes inician una revolución en Tacna y Moquegua. Nieto invita a Castilla que se una a la causa y así sucedió. Se forma entonces, el día 3 de setiembre de 1843, una Junta de Gobierno Provisorio que la preside Nieto y la integran Castilla y Cisneros.
Nieto, según el mismo padre Vargas Ugarte, le había dicho a Castilla:
“Parece que sólo yo y Ud. seremos los que tengamos que pelear y libertar al Perú de tantos traidores”.
Estos dos buenos amigos, igualmente comprometidos con los ideales de la República, condujeron exitosamente la revolución. Pero, por esas cosas que suceden, sin que nadie las planifique, resultó que, estando en el Cusco, Nieto enfermó gravemente. Antes de morir, Nieto en su testamento, que es un documento no sólo de valor histórico sino profundamente conmovedor, encargó el mando del triunfante movimiento a Castilla.
Así se produjo la gran circunstancia del encuentro de Castilla con la conducción de los tramos finales de la lucha revolucionaria que, luego del triunfo de Carmen Alto, dio término al Gobierno del Directorio, restauró el orden Constitucional y devolvió el Poder al Consejo de Estado. Este organismo, llamó al ejercicio de la Presidencia al Segundo Vice Presidente Justo Figuerola, por enfermedad del Primero, Manuel Menéndez, el 10 de agosto de 1844. Y más tarde, el l9 de abril de 1845, una vez aprobadas las actas de los Colegios Electorales, se proclamó Presidente de la República al General D. Ramón Castilla, señala el citado padre Vargas Ugarte:
“Castilla llegaba a la presidencia, dice el jesuita historiador, cuando ya había alcanzado aquella madurez que dan los años y la experiencia del trato con los hombres. No era un iluso ni un imaginativo y, por lo mismo, no había vivido de sueños sino de realidades y los vaivenes de su azarosa vida le habían dado la oportunidad de conocer el territorio de su patria, desde Tumbes hasta el Loa y aún de pisar el de las repúblicas vecinas”.
¡ Tiempos aquéllos en que nuestro territorio tenía tan grande extensión !
Castilla tuvo dos gobiernos constitucionales. El primero ha sido calificado como de orden y legalidad, habiendo recibido elogio unánime: respondió, se ha dicho, en forma cabal a las aspiraciones del movimiento que originalmente inspiró Nieto. En cuanto al segundo, se produjeron en su tiempo, y también después, serias controversias; tuvo muchos y valiosos amigos iniciales, así como enconados enemigos después. Algunos fueron de amistades y distanciamientos intermitentes, como el de su Canciller Gregorio Paz Soldán y otros de reconciliación y admiración tardía, como el del célebre Ricardo Palma, autor de la “TRADICIONES PERUANAS”, según referencias de Luis Alayza y Paz Soldán.
Pero a hombres de la talla histórica de Castilla, se les aprecia, finalmente, conforme a balance e inventario. Sometido a ellos, Castilla resulta largamente ganancioso. Por eso, cuando se han disipado las pasiones y, tanto amigos como enemigos personales han rendido ya sus vidas, resulta un acto de justicia reconocer su obra, que, sin lugar a dudas, lo ha situado como el más sobresaliente hombre de Estado peruano en el siglo XIX.
Es que Castilla, “hombre ilustre y magnánimo” como lo calificó el Mariscal Domingo Nieto, tocó con su mano organizadora y su mente visionaria todo lo que tenía que ver con la cosa pública en el Perú, creó las instituciones que le hacían falta a la República, corrigió e hizo funcionar las que tenían defectos y estableció las bases de las que debían crearse en adelante. Ninguno de los sectores del Estado escapó de atención y por eso vivirá permanentemente mientras la República exista, junto con los otros próceres, ideólogos y héroes que la fundaron.

Castilla Libertador
“Recogió las penas y los anhelos del indio y por eso abolió el tributo.
Recogió las penas y los anhelos del esclavo y por eso le dio la libertad.”
Víctor Andrés Belaúnde (En: “Peruanidad”)
Tenemos la convicción que, entre la enorme obra pública de Castilla, y a pesar de todo lo que se dijo en su tiempo y se escribe todavía, resulta notable, sobresaliente, la culminación de la obra libertaria en el Perú, iniciada con Tupac Amaru, continuada con las rebeliones de comienzos del siglo XIX, enlazada con la declaración de la Independencia en 1821, reforzada con las batallas de Junín y Ayacucho y coronada en el glorioso combate del 2 de Mayo de 1866. Nos estamos refiriendo, por un lado, a la decisión del 5 de julio de 1854, de eliminar el tributo que pagaban los indios. ¡¡ Qué sarcasmo, cobrárselo a los pobladores originarios del Perú !! Y, por otro, la abolición de la esclavitud de los negros peruanos, sin condición alguna, tanto a los nacidos como los que estaban en el vientre y a los vendrían en el futuro. Cabe recordar que San Martín había declarado la libertad de los que nacieran a partir del 28 de julio de 1821 y Echenique a los que se incorporasen a las filas de su ejército; en cambio, la libertad que les reconoció el Decreto de Castilla, expedido el 3 de diciembre de 1854 inspirado por el liberal Manuel Toribio Ureta, que también aparece firmándolo, fue más amplio, no señaló límites, salvo el caso de los que tomaran armas en las filas de Echenique. No viene al caso elucubrar sobre las razones económicas, sociales o políticas que rodearon el hecho. Lo importante y trascendente es que Castilla se ubicó en la línea de los libertadores que eran requeridos por los pueblos del Perú y en esa línea actuó. Por eso, resulta incuestionable su título de LIBERTADOR, así debemos reconocerlo los peruanos.

Otros elogios a Castilla
El legendario sacerdote arequipeño JUAN GUALBERTO VALDIVIA (el célebre Dean Valdivia) amigo personal del Mariscal Nieto y “amigo suyo imparcial” del Mariscal Castilla, como lo declara en una biografía de este ultimo, publicada originalmente en 1873 y reimpresa en 1953 por Jorge Basadre y Félix Denegri Luna dijo:
“Si el General Castilla conociese, y se persuadiese que el gran Napoleón fué la suma de muchos bienes generales y de muchos sabios, que los buscó y solicitó, sin reparar en partidos ni opiniones, que se rodeó de ellos y los premió con profusión, Castilla habría sido ya, el coloso del nuevo mundo.”
Por otro lado, hombres ilustres del siglo XX, como el pensador, maestro e internacionalista: VICTOR ANDRES BELAUNDE, en su libro PERUANIDAD, anotó importantes rasgos de la personalidad de Castilla:
“Se trata, dijo, de un sentimiento peruanista. Cabe señalar varios factores: la feliz mezcla de la raza hispánica, italiana e indígena; el amor y la constante visión del paisaje peruano; el conocimiento profundo del territorio nacional recorrido por Castilla palmo a palmo, en viajes y hazañas que recuerdan a las de los Conquistadores del siglo XVI; y el celo por el honor nacional y por la grandeza patria.” …
“Un estudio psicológico moderno del gran caudillo, añade Belaúnde, tendría que agregar el análisis del sentido de autoridad, necesario en todo hombre de acción, unido a la conciencia de una misión histórica, fundamental atributo de todo gran hombre de estado.”
El historiador JORGE GUILLERMO LEGUIA, tempranamente fallecido y quien, según Basadre: “nos hizo reconciliar, en el Perú, con la Independencia y la República al empezar a escribir su historia civil, descuidada antes…” dijo de Castilla:
“Entre los hombres públicos del Perú, ninguno como Castilla y a excepción de Piérola y Leguía, ha llegado más al corazón del pueblo, ora por sus características espirituales, ora por la estela de bien con que señaló su paso.”
Y el maestro JORGE BASADRE, inevitablemente citado en temas de historia de la República, y que según V.A. Belaúnde: “Dio inicio a la valorización de Castilla con fino sentido crítico y fervor patriótico, queda seducido por la figura de Castilla”.
En efecto, BASADRE, ha escrito:
” Castilla aparece como algo familiar, es el “taita” de todos; y es, además, un peruano intransferible e inexportable, quintaesenciado y magnífico. Hasta los retratos y caricaturas que de él quedan, otorgan a su figura seca y desgarbada un aire de paisaje local, algo así como una agradable y sabrosa fealdad de algarrobo. Y, sin embargo, pese a la familiaridad con que el folklore lo trata, Castilla se diseña a través de innumerables anécdotas como un viejo y único predestinado, teniendo “ojos de ver”, como dirían las viejas para las miserias de los hombres y para las asechanzas del porvenir.”
Este es el hombre, al que durante su segundo gobierno intentaron matar jóvenes apasionados, en un momento de irreflexión, como José Gálvez Egúsquiza, más tarde héroe del 2 de mayo de 1866 y nada menos que, Ricardo Palma. Pero años después, en 1887, muerto ya Castilla, cuando ninguna gracia podía conceder y, en cambio, Palma era ya un escritor de prestigio, demostrando su admiración y tributo de buen patriota escribió los siguientes versos, que han quedado para la posteridad como expresión de honestidad y nobleza de su autor y para gloria del Mariscal:
“¡¡ Libertador del indio y del esclavo !!
¡¡ Soldado de la Ley nunca vencido !!
con noble audacia y continente bravo.
Al rigor del destino has sucumbido …
Vívido sol que en nuestra historia brilla,
[En] Tu losa para honrar son suficientes
Dos palabras no más: RAMON CASTILLA.”

Bibliografía consultada
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______________ Historia de la República del Perú. 7ª Edición. Editorial Universitaria. Tomos I, II, III. Lima, 1983.
BELAUNDE, Víctor Andrés. Peruanidad. 5ª Edición. Fondo del Libro del Banco Industrial del Perú. Lima, 1983.
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