Publicado originalmente: 03-05-2007

Un bosque de banderas de disímiles tamaños, todas blanquirojas, izadas al costado de cada mojinete, en las ventanas de las fachadas o en las azoteas de las casas modernas, constituían el primer anuncio de la proximidad del aniversario de la Patria.

En los primeros días del mes de julio, en la entonces pequeña ciudad de Moquegua, hace cincuenta años, se escuchaba claramente durante varias horas de cada mañana, los sonidos de marchas militares del Batallón de Infantería San Pablo No. 41, acantonado en los extramuros de la ciudad.

Encendíase, de ese modo, la llama patriótica de cada niño o joven estudiante, sobre todo porque horas más tarde, sea en la escuela o en el colegio, habían ensayos de marchas para el tradicional desfile conmemorativo del día de la Independencia del Perú.

Y como el desfile era un concurso por el gallardete pre militar, creado por el Gobierno del General Odría, el entusiasmo crecía cada vez para su logro. Los ensayos se repetían con frecuencia y, en oportunidades, se volvían interminables, sacrificando inclusive horas de clases, causando el malestar de los profesores, aunque el entusiasmo de los muchachos cada día aumentaba.

Porque no sólo era el hecho de desfilar y ganar el preciado trofeo, era también demostrar el cariño a la patria y, porque no, hasta el lucimiento de los que formaban en la escolta o cumplían funciones de brigadieres, ya que, éstos últimos, conforme a las normas pre-militares, tenían grados con distintivos de colores que los llevaban en sus inolvidables uniformes “caqui”. Muchachos y muchachas, como se prefiere decir hoy, no sólo se lucían, sino que marchaban con mucho fervor. Siempre resultará grato recordarlo.

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