Publicado originalmente: 03-05-2007

I *

En el último nicho de la galería ubicada bajando, a mano derecha, en la cripta del Panteón de los Próceres, del Parque Universitario de Lima, junto a la Casona de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, se encuentran los restos mortales del Gran Mariscal de los Ejércitos del Perú, don Domingo Nieto y Márquez, que falleció repentinamente en la ciudad del Cuzco el 17 de febrero de 1844, cuando se encontraba comandando la Junta de Gobierno, integrada, además por el entonces general Ramón Castilla y Nicolás Jacinto Chocano. La muerte sorprendió a Nieto en campaña triunfante, buscando restaurar el régimen constitucional en el país, que derrocó al Dictador General Vivanco y dió comienzo al proceso que culminó con la primera elección de Castilla como Presidente del Perú. “Nieto hizo posible a Castilla”, ha dicho el historiador Félix Denegri Luna.

Nieto había nacido en el año 1803, en día y mes no precisados hasta hoy. Fue bautizado el 15 de agosto de ese año, en la Parroquia de San Gerónimo, del puerto de Ilo, Departamento (hoy Región) de Moquegua, según la partida correspondiente. Sus padres fueron Francisco Nieto y María del Carmen Márquez, pertenecían a familias de la nobleza virreynal, vinculadas al Conde de Alastaya, don Antonio Nieto y Roa, quien era, además, Caballero de la Orden de Santiago.
El Mariscal fue alumno del Colegio San José, que fundaron los jesuítas en la ciudad de Moquegua y siendo todavía muy joven (a los 18 años de edad) abrazó las ideas libertarias, alistándose en las filas de la caballería que comandaba el general Guillermo Miller y combatió por la independencia del Perú, a partir de 1821, en que llegó dicho General a tierras moqueguanas.

Como muchos de los militares de esa época, hizo de las batallas su escuela, y dada su cultura, claridad de ideas sobre la causa libertadora, así como la valentía que demostró en cada combate, desde el primero, en Mirave, fue escalando los grados superiores. En Junín y Ayacucho fue también combatiente. En esta última batalla participó como edecán del General José de la Mar, fue, pues, uno de los vencedores de la gran gesta que selló la libertad sudamericana.
Los hechos que acabamos de narrar, por sí solos, resultarían suficientes para justificar la presencia de los restos mortales de Nieto en el Panteón de los Próceres, junto a todos los que, igualmente, lucharon para hacer del Perú un país libre. Ideólogos, precursores, mártires y todos los héroes de la causa libertaria peruana y sudamericana, como Bolívar y San Martín, cuyas esculturas, en bronce, se encuentran en la nave principal de dicho Panteón.

Pero la actuación patriótica de Nieto no se agotó en su lucha durante la gesta de la independencia americana sino, como lo hemos referido al inicio de este artículo, siguió participando, en defensa de la nueva República frente a enemigos externos e internos que tanto daño le hacían; lo hizo con entrega total de su conocimientos, experiencia de guerrero, ideales de republicano nato y puro que perseguía con honestidad y verdad que se hiciera realidad plena, lo que más tarde el maestro Jorge Basadre, gran historiador de la República, cuyo centenario de su nacimiento acaba de conmemorarse, llamó con indiscutible acierto “la promesa peruana”, promesa que aún hoy, casi doscientos años después de fundada la República, sigue siendo casi una utopía.

II

Por la República y para la República vivió, luchó y murió Nieto. La vida le resultó corta y esquiva, pero su entrega no fue en vano; los logros de su lucha los alcanzó Ramón Castilla, su compañero de batallas, sobre todo la postrera que se inició con los triunfos de Pachía (en Tacna) y San Antonio (en Moquegua).

No olvidemos que Castilla, con la obra realizada en sus dos periodos de gobierno, fue el encargado de consolidar la etapa de formación de la República en el Perú, creando instituciones y legislación que aun se encuentran vigentes.

Sin embargo, la ingratitud, una institución también peruana, hizo que se desterrara de la custodia de Palacio de Gobierno, al Regimiento que llevaba el nombre de Nieto y era, además, escolta del Presidente de la República, como símbolo de homenaje a quien representa la defensa permanente de la Constitución en el Perú. Esa misma ingratitud, ha determinado que muchos de los más puros, honestos e ilustres fundadores de nuestra República, como es el caso de Nieto, caigan paulatinamente en el olvido y que los actuales peruanos lo ignoren o, simplemente, tengan como héreos a personajes totalmente ajenos a nuestra raíces, perjudicando cada vez más la formación de nuestra imprescindible identidad nacional, que no puede ni debe olvidar la historia, con sus luchas, sus avatares sociales y económicos, así como a los personajes con sus luchas; que debemos recordar y, periódicamente, hacer un balance sereno, es decir justo, para reconocer, permanentemente a los verdaderos prohombres de nuestro país.

Por último, debemos recordar que la nación aún le debe al Mariscal Domingo Nieto el monumento ecuestre que perennice su memoria, como “el primer y gran defensor de la Constitución”.

* Esta parte ha sido publicada en el Diario Expreso de Lima, hoy, bajo el título: “EL MARISCAL DOMINGO NIETO, Retrato de un prócer olvidado”.

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