Publicado originalmente: 03-05-2007

Los últimos treinta años del siglo XX fueron testigos del nacimiento de una sociedad peruana formada mayoritariamente por migrantes, en un primer momento, y por sus descendientes después, en grado tal que han hecho desaparecer prácticamente las costumbres, es decir buena parte de los modos culturales conocidos hasta entonces. La cultura de las ciudades como Lima y las principales de la costa peruana ha sufrido cambios notables, desde los referentes al trato personal, las formas de conducirse en lugares públicos, (espectáculos, etc.) en los medios de transporte hasta las conversacioes personales o telefónicas; es decir en las diversas manifestaciones del quehacer y la conducta humana.

Estos cambios hechos en base a costumbres primordialmente rurales o de las ciudades andinas han causado verdaderos transtornos, que unos podrían calificar como el precio de la integración esta vez real que ha empezado a vivir el país, casi doscientos años después de su declaración de Independencia, y que otros podrían considerar como consecuencia propia de la vida de una sociedad emergente que conlleva, naturalmente, a situaciones amorfas o lindantes con el caos, hasta que se va generando una nueva cultura, que innegablemente será más propia y tal vez más autentica; lo que, a la larga, deberá resultar beneficiosa para el Perú.

Mientras tanto, el momento es el de padecer los efectos de estos nuevos modales, de estas nuevas conductas que tienen muchas características que podrían ser consideradas violentas, prepotentes, inciviles. Recordemos cómo es el trato en los célebres vehículos de transporte urbano denominadas “combis”, en las plazas de abastos, en los puestos de venta ambulatoria y en todas las actividades en las que tenemos que tratar cotidianamente con los “emergentes”.
Ha podido la educación, tanto de la escuela pública como de la privada, dar la formación necesaria para que los niños y futuros jóvenes y luego ciudadanos se conduzcan con modales de consideración y respeto compatibles con la dignidad humana, que permitan paulatinamente eliminar el mal trato, que se tome conciencia de los deberes propios de una vida en sociedad, asumiendo las responsabilidades pertinentes, sin subterfugios, sin malicia ni ventajismo abusivo y apabullante. Planteado lo anterior como pregunta, tiene una respuesta incontrastable, hasta el momento: Nuestra educación poco o nada ha hecho sobre el tema. Podrá hacerlo en el futuro inmediato? Resulta aventurado ensayar siquiera una respuesta. Sin embargo, rescatando lo positivo de este fenómeno debemos ser optimistas y si hacemos esfuerzos para dar un cauce social y moldeador de la nueva cultura a la vuelta de unos años, que bien podrían no ser muchos, estaremos ante una nueva realidad más peruana, más humana.

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