Publicado originalmente: 27-06-2008
Me sucede algo a lo que no le encuentro explicación. Resulta que durante el día, alrededor de 15 horas me siento agobiado por los dolores y malestar que me producen una enfermedad sin posibilidades científicas de curación, hasta la fecha. Pero por las noches, siempre sueño y en el sueño no padezco de dolor ni malestar alguno. Podría afirmar que vivo mitad bien, mitad enfermo. ¿Podría acaso decir que mi vida es de salud regular?
Lo antes dicho me lleva a desear dormir el mayor número de horas posible, pero sucede que el reloj de mi organismo marca puntualmente el término del sueño y no encuentro forma de prolongarlo, ni de modo natural ni en forma inducida.
Estoy llegando a la conclusión de que es una manera curiosa de vivir. ¿Equilibrada tal vez? Pero al paso que voy, corro el riesgo de volverse insostenible, porque podrían agudizarse el malestar y los dolores del día y verme impedido de trabajar, lo que produciría un desfinanciamiento por disminución de fondos con los que se puedan atender los gastos del hogar.
¿Cómo afrontar esta situación en época en que ya no existen mecenas ni beneficencia pública, el dinero familiar tampoco alcanza para ayudar a otra persona? Lo que logra percibir cada uno apenas le permite adquirir lo necesario para el mismo. La pobreza aumenta cada día y la miseria está en la puerta de cada morada. De otra parte, ha desaparecido la atención de la salud por el Estado y la ayuda social que el gobierno proporciona es por familias y en limitadas cantidades de alimentos crudos.
En situaciones así, ¿Cómo se puede o debe actuar?
Sin embargo, nos enteramos por las noticias que una familia ha logrado movilizar la ayuda pública para traer de los Estados Unidos de Norteamérica a un padre de familia que se encuentra en estado vegetativo y al que la justicia del Estado donde vivía, había dictaminado la aplicación de la eutanasia y al parecer este caballero estaría mostrando todavía débiles signos de recuperación, que lo devolverían a la vida ordinaria, en el mejor de los casos.
Y supongamos que se produce el regreso la vida ordinaria. ¿Lo hará con todas sus facultades? Es decir, ¿Podrá ocuparse de sí mismo, realizar los actos comunes de higiene, ingerir alimentos, movilizarse, generar recursos económicos? O, ¿Tendrá que vivir dependiendo eternamente de otra persona? Entrar en el círculo vicioso en que me encuentro, de solamente sentirse bien cuando duerme y convertirse en una carga cuando esté despierto. Si es jubilado, la pensión le resultará insuficiente o se le acabará antes de que le llegue la muerte, según sea que pertenezca al régimen público o privado.
A esta altura del relato cabe preguntarse: ¿La Humanidad está ganando con prolongar la vida de las personas, es decir, con que aumenten los viejos? ¿No será que el avance de las medidas de prevención de enfermedades, la ausencia de guerras que ocasionen muchas bajas y la explosión poblacional están resultando negativas para la vida de las sociedades? Porque el problema de las pensiones insuficientes para atender a los jubilados no se da solo en nuestro país, lo vemos en casi todos. Ningún cálculo actuarial tomó en consideración este fenómeno cuando se crearon los sistemas nacionales de prevención. Personalmente, recuerdo que cuando empecé a trabajar y la edad de jubilación era a los 60 años, miraba esa edad como inalcanzable, ahora que la he pasado con largueza y que para algunos funcionarios del Estado se les permite trabajar hasta los 75, la cosa se vuelve dramática.
Peor se pone la cosa, cuando se analiza que quienes sostienen o deben sostener los regímenes previsionales son las personas (trabajadores) jóvenes; pero resulta que estos laboran de manera informal, es decir no cotizan ni para los sistemas de salud ni para los de retiro y ni siquiera tienen pago alguno adicional por no gozar del derecho de vacaciones ni por desocupación forzada por vencimiento del periodo para el que fueron contratados o por otra de índole forzado. Es decir hemos llegado a una situación en que todas las instituciones para atender al que no genera suficiente riqueza, han colapsado o están en franco camino de colapsar.
Entonces, ¿Cómo salir del hoyo? ¿Pueden todas las personas tener una empresa?
A contestar esa pregunta, vienen las respuestas dadas por un ex-ambulante que ahora es dueño de varias pequeñas fábricas de confecciones en una zona de la ciudad, denominada Gamarra. Dice este señor que empezó vendiendo pantalones, luego aprendió a confeccionarlos, haciendo el máximo de economías y trabajando de modo informal, es decir, sin pagar impuestos, aportes sociales ni buenas remuneraciones a sus trabajadores. Lo que ha hecho es alargar la cadena de informalidad, corriendo el riesgo de que algún día sea fiscalizado. Pero, ¿Ese es el camino recomendable? Indudablemente que no. El Estado debe crear condiciones para que las empresas nazcan, se desarrollen y actúen formalmente.
Por otra parte, cada gobierno de turno debe desarrollar políticas de educación para que los peruanos nos encontremos suficientemente capacitados para actuar como inversionistas, empresarios, trabajadores o consumidores; todos honestamente. Esto implica que los funcionarios y empleados del Estado deben ser también honestos. Y el Estado sobre todo justo, porque, actualmente, se da el caso que el más importante de los empleadores informales es el propio Estado, que mediante un artilugio creó la figura del prestador de “servicios no personales” para enganchar a su maquinaria a los nuevos trabajadores públicos, sin estabilidad ni derecho social alguno. Reprobable figura que con el paso del tiempo se ha vuelto una bola de nieve.
Concluyendo, no queda otro camino, para tomar la punta del hilo, que privilegiar la educación de los habitantes y la honestidad de los altos funcionarios del Estado, en una economía social de mercado, como la define a la peruana su Constitución Política.
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