Publicado originalmente: 21-06-2008

Envejece penosamente, agobiada de múltiples enfermedades, algunas propias de la edad, otras no tan comunes; pero que en los últimos tiempos se presentan con relativa frecuencia y cuando lo hacen disminuyen notoriamente a la persona, llegando casi a incapacitarla y sacándola del mundo en que venía desenvolviéndose.
Esta perdiendo aquella vivacidad que siempre la identificó, ahora, si no se le conoció antes, sería atrevido afirmar cuánto hacía y cuánto podía hacer.
Siempre se le vió como las plantas cuando aparecen sus primeras hojas, frescas y consistentes. La risa la acompañaba a toda hora. Nunca se le vió llorar.
Cuenta que al llegar a la adolescencia, sus sueños eran viajar a los Estados Unidos de Norteamérica. Admiraba el practicismo de la vida de la gente de ese país. Además, estaba de moda que las chicas de su edad lo hicieran. Muchas de sus amigas que lo habían hecho, le escribían contándole lo bien que les iba. Claro que no le decían en qué se ocupaban. Después se enteró que se dedicaban a labores domésticas, pero que ganaban dinero suficiente para vivir con relativa comodidad y ahorrar una parte. Tampoco le contaron que vivían a salto de mata, porque habían viajado como turistas y el visado lo tenían ya vencido; por lo que el mundo de ilusiones que se había creado, la tenía embelesada. Soñaba cada noche con su viaje, no se enamoraba ni hacía plan alguno para continuar viviendo en el Perú.
Sin embargo, y pese a que aderezadas con otras fantasías, trataba de convencer a sus padres para que la dejaran viajar, no logró hacerlo.
Rendida por la impotencia y los esfuerzos malgastados, no le quedó otra cosa que estudiar y luego ponerse a trabajar en Lima.
Mas tarde se ennovió y contrajo matrimonio con un hombre sedentario, pero nunca perdió el deseo de salir del país. Por eso, al primero de sus hijos, lo encaminó en el estudio de una profesión que obligatoriamente lo llevara al extranjero. De ese modo, pensaba que podría lograr concretar su sueño. No le interesaba que otro de los hijos y una hija se quedaran viviendo en el Perú.
El hijo estudió la profesión hacia la que lo encaminó la madre y logró salir a realizar estudios complementarios en los Estados Unidos de Norteamérica; pero este joven, terminados sus estudios de maestría se casó, logró un contrato de trabajo gracias a las buenas relaciones de la esposa, pero nunca ha llevado a la madre a vivir con él.
Esta nueva decepción, sumados a la edad y a esos males a que referimos en el inicio, la han puesto al borde del paroxismo.
Como decíamos, ha cambiado por completo, se le ve agobiada, casi un fantasma que hace imposible creer en la lozanía y el dinamismo de que hacía gala en su juventud; y aunque sus otros hijos le han dado varios nietos, para ella nadie ha logrado que olvide su ilusión de juventud.

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